
La mayoría de sus vecinos no sabían cómo se llamaba, ni siquiera las familias que viven puerta con puerta con este escurridizo inquilino. «Era educado, pero nunca hablamos más de 'hola y adiós' en el ascensor», explica una vecina. Antonio tampoco frecuentaba las zonas comunes de las que disponía el inmueble, una piscina y un parque con bancos y columpios para los niños.
Era reservado, sí. Pero nadie imaginaba que sería capaz de coger su coche y de lanzarse por la calle Larios para atropellar a todo el que pasase por allí. «Nunca le vi una persona de ese tipo», prosigue la misma vecina.
Sus vecinos tampoco sabían que se trataba de un guardia civil retirado. «Nunca habló sobre su vida ni sobre su trabajo, pero es que en esta urbanización hay mucha gente en alquiler o que vive de paso y no nos conocemos mucho», indica otro vecino.










