ARGENTINA. REPASO A LA HISTORIA

El clima no es, sin embargo, lo más hostil del edificio que hasta hace menos de un año albergó a la Escuela de Guerra Naval y que ahora acoge su despacho. A pocos metros de la oficina a la que acude todos los días, su actual mujer, sobreviviente de la dictadura, fue torturada durante meses, y no pocos amigos perdieron la vida a manos de los militares. Con su equipo se pregunta todos los días: ¿Cómo explicar lo que pasó aquí? ¿Cómo crear los anticuerpos en la sociedad para que nunca vuelva a suceder?
Jozami, escritor y periodista, ex preso político durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) y actualmente profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, es director del centro cultural de la memoria Haroldo Conti, que lleva el nombre de otro escritor y periodista, secuestrado en 1976 y aún desaparecido.
El ente, constituido por el Gobierno argentino, el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y diez organismos de Derechos Humanos, tiene su sede en uno de los 32 edificios de lo que fue la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). La institución naval, que hasta diciembre del año pasado funcionó en esta finca urbana de 17 hectáreas situada en uno de los barrios más privilegiados de Buenos Aires, fue durante la dictadura el principal centro de detención ilegal, tortura y muerte de disidentes políticos. Por allí pasaron 5.000 de las 30.000 personas que, según se estima, fueron secuestradas por las Fuerzas Armadas y permanecen desaparecidas hasta hoy. Entre ellas, la mayoría de los 59 españoles que integran la nómina del horror.
El 31 de diciembre de 2004, el gobierno del entonces presidente Néstor Kirchner obligó a la Armada a abandonar el terreno y sus 32 edificios con el objetivo de crear un espacio para la memoria, un lugar que evite que la tragedia sufrida por el país sea pasto del olvido para las próximas generaciones. Pero los marinos no recibieron de buen grado la orden presidencial. Antes de marcharse definitivamente a finales del año pasado no sólo se llevaron las calderas que de momento condenan al frío a los gestores y visitantes del nuevo espacio. También intentaron borrar las huellas de la masacre. Una metáfora nada sutil sobre la actitud que aún hoy, 25 años después del final de la dictadura, mantiene la mayoría de los militares argentinos sobre su responsabilidad histórica. «Los militares, salvo contadas excepciones, no han hecho su autocrítica», lamenta Jozami, a quien sin embargo lo que más preocupa es la falta de una revisión colectiva por parte de toda la sociedad. «Quienes nos preocupamos por estos temas lamentablemente somos aún una minoría»,
Argentina es un país donde la amnesia resultaría cómoda para no pocos sectores sociales e instituciones que miraron para otro lado mientras los disidentes políticos desaparecían sin dejar rastro y donde los problemas cotidianos, la precariedad económica y la inestabilidad institucional podrían haber sepultado la memoria de la tragedia. ¿Cómo es posible que, sin embargo, el discurso oficial y el de los medios de comunicación hayan asumido las dimensiones que tuvo la masacre, y sus tribunales sean los únicos en América Latina que aún hoy, 30 años después de las dictaduras que ensangrentaron todo el cono sur, sigan sentando en el banquillo a militares responsables de las torturas y los asesinatos?
Memoria Histórica
En España, la Ley de Memoria Histórica pasó no sin dificultades por el Congreso ante la indiferencia ciudadana y la disputa política. La construcción en Berlín de un monumento a las víctimas del Holocausto levantó durante la década anterior no pocas ampollas. ¿Cómo se explica que en Argentina, con más dificultades cotidianas y las consecuencias de la tragedia todavía frescas pueda haber ahora un centro de la memoria?
Jozami encuentra respuesta a ambas preguntas en el trabajo constante y pertinaz de los organismos de derechos humanos, las asociaciones que desde los años más oscuros mantuvieron la necesidad de no olvidar lo sucedido: las Madres de Plaza de Mayo -hoy divididas en dos asociaciones- que iniciaron en 1977 la movilización por sus hijos; las Abuelas, que buscan a los 800 niños secuestrados o nacidos en cautiverio y que han conseguido recuperar la identidad de un centenar de quienes son ya jóvenes treintañeros, los Familiares de Desaparecidos, la asociación de ex presos políticos, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos... la lista suma más de una decena. La de más reciente creación es H.I.J.O.S., que agrupa a hijos de desaparecidos y que dio a partir de los años noventa un nuevo impulso a la lucha contra el olvido.
Leyes de impunidad
Los responsables de estas asociaciones no se desalentaron ni por las leyes de impunidad aprobadas en los primeros años de democracia por el gobierno de Raúl Alfonsín, ni por los indultos a los jerarcas de las juntas militares impulsadas por su sucesor, Carlos Menem. Todas estas decisiones se encuentran anuladas; los responsables de la tragedia, muchos de ellos ya ancianos, comienzan a sentarse en el banquillo de los acusados y los centros de detención clandestinos van camino de convertirse en lugares para no olvidar.
El Gobierno argentino ha entregado a las asociaciones de Derechos Humanos los edificios de la ESMA, pero algunas no saben todavía qué van a hacer con ellos. Las opciones son diversas: desde las Madres de Plaza de Mayo, que han inaugurado el espacio cultural 'Nuestros Hijos' y tienen previsto instalar ahí la sede de su Universidad Popular y la gestión de las viviendas de autoconstrucción que promueve entre los sectores más desfavorecidos, hasta la asociación H.I.J.O.S., que aún no sabe siquiera si podrá aceptar la oferta. Hacerse cargo de un inmueble de hasta 7.000 metros cuadrados requiere contar con unos recursos económicos de los que no siempre se dispone.
¿Qué actividades se van a desarrollar en la ESMA? La discusión todavía está abierta. Existe acuerdo en que el complejo debe servir para no olvidar, pero la discusión sobre cómo hacerlo está abierta. Hay quienes opinan que el espacio «hay que llenarlo de vida», en palabras de Jozami. Pero desde algunos organismos se opina que ni el teatro ni la música pueden tener cabida en un sitio donde ocurrió la mayor tragedia de la historia del país austral.
¿Es posible la actividad cultural en lo que fueron centros de tortura y de muerte? Para el abogado Eduardo Luis Duhalde, también represaliado por la dictadura, no sólo es posible, sino también necesario. «Como todo proceso memorioso -dijo en el acto de recuperación de uno de los edificios-, debe ser una creación colectiva, un disparador para generar la acción cultural».
Pero hay familiares de víctimas que se niegan a que se acoja cualquier actividad cultural en los campos de concentración mientras haya represores impunes.
Uno de los edificios donde la discusión tiene más sentido es el que fuera Casino de Oficiales de la ESMA, que ha quedado en manos del Estado. Allí era donde los secuestrados sufrían torturas y vejaciones antes de ser trasladados a los aviones desde donde eran arrojados al mar, sedados pero todavía vivos. Los testimonios de los escasos sobrevivientes han permitido reconstruir cómo funcionaba la maquinaria del horror. También ahí los miembros de la Armada intentaron borrar las huellas de la culpa.
En la segunda planta funcionaba 'capucha', el altillo donde los secuestrados eran mantenidos con la cabeza cubierta para impedirles ver, encadenados al suelo y acostados en esteras separados unos de otros por tabiques de madera, es ahora un espacio por el que se cuela tímidamente la luz. No quedan huellas de las cadenas ni de los tabiques, pero todavía se respira la tragedia. En una pequeña habitación conjunta sobrevive el lugar donde se mantenía a las prisioneras embarazadas. Cuando daban a luz, sus bebés pasaban a manos extrañas. La mayoría hasta el día de hoy.
Torturas
El sótano, donde existían las cuatro salas de tortura y varias dependencias donde algunos sobrevivientes eran obligados a realizar trabajos para los marinos en régimen de esclavitud, es ahora un espacio diáfano donde sin embargo no cuesta reconstruir mentalmente el horror. Es el lugar donde los prisioneros eran llevados al final de su cautiverio para ser trasladados a los 'vuelos de la muerte'.
De momento, sólo unos paneles explican qué había en cada sitio, y una parte del techo ennegrecido guarda huellas del fuego provocado durante un fallido intento de fuga. Las salas donde los prisioneros recién llegados eran sometidos a interminables sesiones de descargas eléctricas apenas pueden distinguirse por tímidas huellas que los tabiques eliminados dejaron en el suelo.
Es posiblemente en este lugar donde más intensidad alcanza el debate: ¿cómo se explica el horror? Hay quienes opinan que es necesario reconstruir una sala de torturas, con su camastro de metal, las correas de cuero con las que se ataba por las extremidades a los prisioneros desnudos, los artilugios de potencia graduable con las que se aplicaba corriente eléctrica en las partes más sensibles del cuerpo. De momento, es mayoritaria la opinión de quienes creen que no es necesario. Que el silencio y las paredes hablan por sí mismos.







