NATACIÓN

MUY PERSONAL
El próximo 14 de agosto parte hacia Estados Unidos la expedición que acompaña al nadador. Junto a Christian viajarán dos amigos -encargados de la traducción y de la gestión administrativa del desafío-, su novia y su madre. «Ya que van a pasarlo mal, dicen que prefieren por lo menos seguirme en el barco», admite el fondista. Allí le esperan los miembros de la Catalina Channel Swimming Federation, la asociación californiana (www.swimcatalina.org) que ayuda a quienes afrontan desde 1927 esta hazaña casi inverosímil a los ojos de cualquier mortal.
Quinta hazaña
Para Christian, no. No en vano, se trata de su quinto reto después de haber cruzado a nado el Estrecho en dos ocasiones -la última, en 2005, de ida y vuelta-, el Canal de la Mancha y un golfo de Siria que lo llevó hasta el puerto de Lataquia. Ahora lo que cruza es el 'charco' para dar brazadas sobre el Pacífico entre la noche del 18 y la mañana del 19 de agosto. «Hemos calculado unas doce horas de travesía», explica el nadador. «La idea -prosigue- es alcanzar la costa a media mañana del 19 para evitar lo máximo posible los vientos de la zona. Me iré alimentando cada hora con bebida de sales, barritas y fruta», agrega.
Para ello, ha seguido en los últimos meses una disciplina espartana. El día para Christian Jongeneel comienza a las seis y media de la mañana, con una sesión de nado en la piscina del Cerrado de Calderón, donde se entrena junto al equipo de natación absoluta que dirige Javier Casademont. De ahí, a la oficina donde trabaja como ingeniero técnico forestal. Y del tajo, otra vez al agua. A la de la piscina, en invierno. Cuando la temperatura lo permite, al mar. Total: de diez a doce kilómetros en el agua cada día, combinados con una vida laboral normal.
Patrocinadores
No le queda otra. Christian no dispone del poderoso 'marketing' del otro gran tragamillas español: David Meca. La infraestructura del malagueño está a años luz de la del nadador de Sabadell. Como muestra, un botón: Meca lleva hasta cinco patrocinadores, un equipo de comunicación, una página web donde se le puede contratar como nadador o conferenciante y un traje de neopreno cuyo precio de mercado oscila los 600 euros.
A Christian, por su parte, le ayudan tres firmas: la conservera Ubago; su propia empresa, Egmasa, y Oteros Sport, que le cede material deportivo. Y por traje... únicamente una capa de lanolina, una grasa de oveja que se extiende por el cuerpo para protegerse de las rozaduras que provoca el agua salada pero que se cae a las dos horas. «No me gustan las comparaciones. Yo disfruto con lo mío», defiende. ¿Por qué? «Porque por el hecho de intentarlo ya estás consiguiendo cosas».







