la granizada

No, de niño fui muy mal estudiante. Recibí muchos ceros, no porque no estudiase, sino porque era un cabezota y un malcriado.
Pero luego se reconvirtió. ¿Supo desde niño que quería enseñar?
Desde muy pequeño decidí que quería ser maestro porque no me gustaban nada los profesores que había en mi época. Entonces la enseñanza era muy rígida y mandaban los reglazos en la mano y los castigos de rodilla frente a la pared. Yo creía en otro tipo de enseñanza que es la que se lleva a cabo hoy en día, donde no es que seas amigo de los alumnos, porque siempre debe haber una figura de autoridad, pero se presta más atención a los niños y existe más comprensión.
¿Qué asignaturas fueron para usted un hueso?
No me gustaban nada la Física y la Química. Siempre he sido de letras. Lo que me estudiaba mejor era Historia y Geografía. Sin embargo, también era muy bueno en Matemáticas.
¿Hacía piardas?
Crecí en un pueblo pequeño, Coín, y las clases se daban en la casa del maestro, no en un colegio como ahora, así que era muy difícil escaparse.
¿Cuándo empezó a enseñar?
A los 12 años ya daba clases de educación física a niños más pequeños del pueblo, así que desde muy joven ya tenía responsabilidades. Además, me sirvió para pagarme las clases de Magisterio.
¿Era un deportista?
Fui un deportista destacado en mi época, sobre todo en baloncesto. Con mi equipo Coín-OJE llegamos a ganar el campeonato andaluz de tercera división y quedamos muy bien en el nacional. En aquel entonces, gracias a mi altura -mido 1,85- metía más de 40 puntos en cada partido.
Así que destacó en el baloncesto
Incluso llegué a tener ofertas de equipos importantes de Málaga y nacionales. Llegué a hacer pruebas en Madrid, pero vi que convertirme en profesional suponía perder mi libertad como chaval. Luego también me vieron unos ojeadores de un equipo de fútbol, el Pelayo, y me ofrecieron pagarme los estudios, pero me dio miedo y dejé pasar el tren.
¿Se arrepiente?
Para nada. De seis hermanos todos estudiaron fuera de casa menos yo, que sólo pasé un curso de Magisterio en Málaga. No me arrepiento porque he estado cerca de mi gente y tuve la suerte acompañar a mi madre en sus últimos momentos. Ella murió en mis brazos y me habría dolido más no haber estado con ella.
¿Aún tira algunas canastas?
De aquella época sólo me que queda el apodo, 'Jimmy'. Los amigos me siguen llamando así cariñosamente. Hasta hace un par de años seguía jugando con el equipo del pueblo, pero tuve problemas de espalda y he tenido que retirarme. Más vale no abusar.
¿Es maestro porque tuvo buenos maestros?
He tenido varios maestros que han marcado mi vocación. Doña Carmen Mirón fue quien me encauzó para conseguir el título de Magisterio, mientras que Juan Manuel García me convirtió en un buen deportista.
¿Cada maestrillo tiene su librillo?
Sí, cada profesor tiene su forma de enseñar y sus trucos, aunque también depende del alumno.
¿También ha aprendido de su familia?
Mucho. Estoy muy orgulloso de la familia que he creado con mi mujer Paqui, también maestra, y de mis hijas, que son también mis amigas y con las que comparto muchas aficiones.
Hablando de aficiones, uno de los aspectos más envidiados de los maestros es su tiempo libre. ¿Cómo lo utiliza usted?
Soy un coleccionista compulsivo. Tengo casi un museo dedicado a Los Beatles, que me encantan. Guardo todos sus discos en vinilo y CD, además de varias películas y libros. También tengo miles de sellos, aunque aún no los he ordenado como debía. Además tengo 114 corbatas, 5.000 pins y una gran biblioteca. En otra época me dio por pintar al óleo y me dediqué a hacer algunos retratos.
Vamos, que no se aburre.
Mi mujer dice que tenemos un museo ambulante.
Como todo buen profesor, le gustará la lectura.
Me gustan mucho las novelas históricas, porque unen mis dos grandes pasiones, la lectura y la historia. De hecho, empecé la carrera de Historia ya trabajando y he escrito un libro sobre el pasado de Coín.
Tiene muchas facetas ocultas
Hace unos años monté una editorial con dos amigos, José Manuel García Agüera y José Antonio Urbano Pérez, GEA Ediciones. Desde entonces hemos publicado varios libros sobre la historia de Coín. El mío se titula 'Coín y la Vera Cruz, prolegómenos históricos'. Tardé más de una década en escribirlo porque ser director del colegio Virgen de Belén me quita mucho tiempo. La obra indaga en el pasado de esta hermandad, de la que ahora también soy secretario.
¿Siente más fervor o curiosidad histórica?
Bueno, es una forma de conocer la historia del pueblo como cualquier otra. Además, es curioso porque la Vera Cruz siempre ha sido una hermandad ligada a los franciscanos, pero en el caso de Coín, fueron los trinitarios los que mantuvieron la hermandad.
¿Se acuerda de todos sus alumnos?
No siempre, porque son muchas caras y yo les doy clase cuando son unos críos y luego cambian mucho.
Después de tantos años, ¿todas las clases se parecen?
No, todas tienen algo especial. A mí me gusta compartir cosas con mis alumnos. Por eso siempre he viajado con ellos en los viajes de fin de curso.
¿Cuál es su mayor orgullo como profesor?
Saber que a uno le recuerdan como un buen maestro y una buena persona. El otro día fui a una tienda y el dependiente me dijo: 'Don José Luis, no ha cambiado usted nada'. Era un antiguo alumno mío. Me gusta que me saluden y me cuenten qué ha sido de sus vidas porque eso significa que te recuerdan bien.











