
Desde hace tiempo la nueva religión mediática encontró en la figura de los arquitectos-estrella a sus mejores diáconos. Resultaban perfectos: eran geniales, cultos, predecían el futuro con la convicción de profetas, se aliaban con filósofos para enrevesar sus mensajes, resultaban increíblemente caros, lo cual no hacía otra cosa que enaltecer a los que los contrataban, movían el negocio editorial vinculado al ladrillo, hacían las delicias de los fotógrafos que vivían de los derechos de autor, formaron una cofradía internacional exclusiva en la que pasaban alternativamente de miembros de jurados a ganadores de concursos, trazaron en torno a ellos la línea roja de la excelencia, como los modistos, diseñadores y creadores de perfumes embaucaron a los medios, a los mercachifles del arte, y, sobre todo, aparecieron como los salvadores de la postración periférica en un mundo urbano y competitivo, pues sus cacharros, sus costosos y, por lo general, inútiles cacharros, habían logrado el milagro de poner-tu-ciudad-en-el-mapa. Se les aceptaba todo y, en correspondencia, ellos también aceptaban todo pues, si excluimos a los directores de los medios de comunicación oficiales, no ha habido profesión más sumisa al mando que la de arquitecto, como denuncia implacablemente Deyan Sudjic en su demoledor libro 'La arquitectura del poder'.
Pero hete aquí que un ex gerente del IMV tuvo la arriesgada idea de contratar directamente a dos estrellas de la arquitectura para hacer viviendas de protección oficial en Soliva: el premio Pritzker Tom Maynes y el grupo holandés Mecanoo, ambos de «reconocido prestigio internacional», lo cual, aparte de ponernos en el mapa, habría de ejercer una saludable pedagogía entre los provincianos arquitectos locales. Todo iba bien hasta que unos no menos provincianos y modestos funcionarios del IMV cayeron en la cuenta de que el proyecto de Maynes era el mismo que uno de Madrid, y decidieron no tragar. Sin saber una papa de inglés se presentaron en el estudio del Pritzker y respetuosamente le insinuaron que los indios taínos ya habían sido exterminados por Colón, así que menos coñas y a trabajar en lo que se le había encargado. La noticia, que yo sepa, no ha traspasado las fronteras locales cuando, por su carácter edificante, debía haber tenido alcance nacional, por lo menos. Estos modestos funcionarios han dado un ejemplo de eficacia en el control de los proyectos, y de dignidad, en su negativa a dejarse colonizar. Pero desenmascarar el morro de una estrella internacional desbarataría un tinglado demasiado sólido como para que la denuncia no se volviera contra el denunciante. Y no es el único caso: el acreditado grupo holandés MVRDV, hijo putativo de Rem Koolhaas, se descolgó no hace mucho con unas infografías en el solar del garaje Las Delicias con un proyecto de nueve plantas que era un 'copia-pega' de otro construido en Japón. La consecuencia de todo esto sólo puede ser positiva: Málaga debe abrirse al magisterio de los grandes arquitectos internacionales, pero con una leve condición a cambio: que no nos tomen por gilipollas.
Mientras tanto, a esos funcionarios del IMV les levanto en mi corazón un monumento de gratitud malagueña y cosmopolita. Eso sí, evito desvelar sus nombres no sea que caiga sobre ellos la Internacional del ladrillo ilustrado. Actualizando la advertencia quijotesca en tiempos de nuevas religiones, ¿con la arquitectura hemos topado, amigo Sancho!







