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15.07.08 -

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Un copia-pega de reconocido prestigio internacional
HACE mucho tiempo que, tras la crisis de los setenta (espero que a la de esa década sí se la pueda llamar por su nombre), esta sociedad pasó del pensamiento único del Estado del Bienestar al pensamiento relativo del todo vale y de ahí a la culminación de las profecías de Orwell y Huxley, esto es, a no pensar nada, que es uno de los cimientos en los que se basa la economía postmoderna, si es que la crisis de ahora, con perdón, no hace tomar conciencia a las masas de los beneficios que las grandes corporaciones del engaño han estado obteniendo de nuestros cerebros vacíos. Pero no sigamos por los derroteros de una acracia trasnochada y pongamos un poco de lógica a la argumentación: una ficción de libertad absoluta -por el hecho de tener toda la información del mundo al alcance de nuestros cacharritos electrónicos (¿ah, el iPhone!)- nos ha convertido en unos consumidores absolutos e inmensamente diversificados, con lo cual esa Arcadia feliz anunciada por la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación no se ha resuelto en otra cosa que en un rebaño infinito de corderos prestos a obedecer a los pastores de la pantalla, de cualquier pantalla, que es el médium por el que la realidad virtual abduce a una realidad real abruptamente devuelta a nuestras vidas por las caídas del empleo y las subidas de la inflación. Será difícil, sin embargo, abandonar la religión de la imagen a través de la cual se nos ha colado la doctrina por muy en crisis que ésta esté, de la misma manera que la iconografía eclesiástica del santoral barroco seguirá moviendo masas en plena época de supuesto laicismo occidental. Y, como siempre, gran parte de esa fuerza la detentan los gurús y los sumos sacerdotes. El mundo, la aldea global, sigue manteniendo atavismos de tribu.

Desde hace tiempo la nueva religión mediática encontró en la figura de los arquitectos-estrella a sus mejores diáconos. Resultaban perfectos: eran geniales, cultos, predecían el futuro con la convicción de profetas, se aliaban con filósofos para enrevesar sus mensajes, resultaban increíblemente caros, lo cual no hacía otra cosa que enaltecer a los que los contrataban, movían el negocio editorial vinculado al ladrillo, hacían las delicias de los fotógrafos que vivían de los derechos de autor, formaron una cofradía internacional exclusiva en la que pasaban alternativamente de miembros de jurados a ganadores de concursos, trazaron en torno a ellos la línea roja de la excelencia, como los modistos, diseñadores y creadores de perfumes embaucaron a los medios, a los mercachifles del arte, y, sobre todo, aparecieron como los salvadores de la postración periférica en un mundo urbano y competitivo, pues sus cacharros, sus costosos y, por lo general, inútiles cacharros, habían logrado el milagro de poner-tu-ciudad-en-el-mapa. Se les aceptaba todo y, en correspondencia, ellos también aceptaban todo pues, si excluimos a los directores de los medios de comunicación oficiales, no ha habido profesión más sumisa al mando que la de arquitecto, como denuncia implacablemente Deyan Sudjic en su demoledor libro 'La arquitectura del poder'.

Pero hete aquí que un ex gerente del IMV tuvo la arriesgada idea de contratar directamente a dos estrellas de la arquitectura para hacer viviendas de protección oficial en Soliva: el premio Pritzker Tom Maynes y el grupo holandés Mecanoo, ambos de «reconocido prestigio internacional», lo cual, aparte de ponernos en el mapa, habría de ejercer una saludable pedagogía entre los provincianos arquitectos locales. Todo iba bien hasta que unos no menos provincianos y modestos funcionarios del IMV cayeron en la cuenta de que el proyecto de Maynes era el mismo que uno de Madrid, y decidieron no tragar. Sin saber una papa de inglés se presentaron en el estudio del Pritzker y respetuosamente le insinuaron que los indios taínos ya habían sido exterminados por Colón, así que menos coñas y a trabajar en lo que se le había encargado. La noticia, que yo sepa, no ha traspasado las fronteras locales cuando, por su carácter edificante, debía haber tenido alcance nacional, por lo menos. Estos modestos funcionarios han dado un ejemplo de eficacia en el control de los proyectos, y de dignidad, en su negativa a dejarse colonizar. Pero desenmascarar el morro de una estrella internacional desbarataría un tinglado demasiado sólido como para que la denuncia no se volviera contra el denunciante. Y no es el único caso: el acreditado grupo holandés MVRDV, hijo putativo de Rem Koolhaas, se descolgó no hace mucho con unas infografías en el solar del garaje Las Delicias con un proyecto de nueve plantas que era un 'copia-pega' de otro construido en Japón. La consecuencia de todo esto sólo puede ser positiva: Málaga debe abrirse al magisterio de los grandes arquitectos internacionales, pero con una leve condición a cambio: que no nos tomen por gilipollas.

Mientras tanto, a esos funcionarios del IMV les levanto en mi corazón un monumento de gratitud malagueña y cosmopolita. Eso sí, evito desvelar sus nombres no sea que caiga sobre ellos la Internacional del ladrillo ilustrado. Actualizando la advertencia quijotesca en tiempos de nuevas religiones, ¿con la arquitectura hemos topado, amigo Sancho!
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