
Dicen ellos que la Torre del Cante es símbolo de duende y cante 'jondo' y en su tablao no caben pruebas de laboratorio. Por eso, los organizadores optaron este año por un cartel de pura cepa, sin una estrella mediática que atrajera a las masas, pero mezclando a artistas consagrados con jóvenes valores que se dejaron la piel y la garganta. Abrió la noche el toque preciosista de Martín Fayos a la guitarra, un excelente preámbulo al que siguió la vitalidad de la onubense Rocío Márquez. En una actuación esforzada e ilusionante, la ganadora del certamen Mirando al Cante entusiasmó al público con los fandangos de su tierra de Huelva, aunque en su voz y en su vestuario muchos vieron un deje claro a Estrella Morente.
Le siguió la malagueña Virgina Gámez con un torrente poderoso y muy bien acompañada por la guitarra de Curro de María. Su cante abandolao fue también de lo mejor de la noche y demostró que es una artista que sabe asentarse en un escenario de la categoría de Alhaurín. Su aire juvenil dejó paso a la veteranía de El Pele, el primer cantaor consagrado que se subió al tablao. Estuvo bien por seguirillas y sólo discreto con la malagueña y la soleá, pero en su actuación se apreciaron las hechuras de un artista de cuerpo entero.
Lección de energía
Otro maestro con tablas que derrochó energía sobre el escenario fue Fernando de la Morena. Abrió con un cante por trilla y siguió con la soleá y con una malagueña en otro guiño a la tierra en la que tanto se prodiga últimamente. La gracia y el salero llegaron después del intermedio de la mano de La Cañeta de Málaga. La veteranísima artista se vació con un repertorio corto, pero que puso en pie al público en varias ocasiones. Marina Heredia, que estuvo sembrada por tangos y por malagueñas, y Capullo de Jerez, el único que repetía en el festival, sellaron la madrugada. Para cuando salió Capullo muchos ya habían abandonado el recinto, lo que no impidió que los que se quedaron vibraran con el carisma de un artista que es todo nervio y expresividad.














