Así pues se aprobó una Ley de la Calidad de la Enseñanza que, pretendiendo luchar contra el fracaso escolar y a sabiendas de que el nombre que se le dé a una cosa es más importante que la cosa misma, quería convencer a los profesores de que aprobaran más a menudo a sus alumnos y para fomentar ese ejercicio gratificaba a aquellos que mejores notas pusiesen con hasta 7.000 euros. Nada más sencillo y genial que pensar que el fracaso escolar no es tanto una cuestión de que los alumnos no se enteren de las materias que se imparten en las aulas, como una cuestión de cómo valoran los profesores la ignorancia de los alumnos. Bastaba con rebajar las exigencias para que los alumnos pudieran obtener mejores calificaciones. Que aprenderse las capitales de Europa resultaba demasiado oneroso para los alumnos, pues se quita ese ejercicio de en medio y se sustituye por otro más accesible, por ejemplo los nombres de los futbolistas mejor pagados y los equipos donde juegan: otra manera de aprender geografía. Si eso tampoco funciona, se le puede preguntar al alumno cómo se llama su padre y cómo su madre, si sabe las respuestas, se le aprueba. Un individuo menos en las listas de nuestro populoso fracaso escolar.
Pero hete aquí que el Gobierno no contaba con la heroicidad de los profesores. Pensaban que untándolos con algo de dinero obtendrían su colaboración y aquiescencia para luchar contra esos índices que se obcecan en colocarnos los primeros en el deporte de la ignorancia. Y resulta que no, que el profesorado de nuestros institutos está lleno de románticos que se niegan a aceptar el rumbo de los tiempos, que todavía confían en que una Ley de la Calidad de la Enseñanza debería pretender que la enseñanza mejorase mediante hechos tan sencillos como menos alumnos por aula y más profesorado. Para ellos, el contenido de una ley debería responder al nombre que se le ponga a esa ley: son unos antiguos. Y han salido a la calle a reclamar que la enseñanza mejore, a protestar porque les han querido comprar y ellos no se han dejado. De dónde se deduce que el fracaso escolar no será combatido con la genial idea del Gobierno de regalar aprobados a los chavales para que las encuestas no registren la dimensión de su ignorancia. El precioso hatajo ideado por ese pedagogo ignoto al que se le ocurrió la brillante idea de acabar con el fracaso escolar untando a los profesores para que aprobaran a más alumnos, se ha encontrado con un obstáculo imponente: la conciencia de los propios profesores que se niegan a ser utilizados para que se fabriquen unas estadísticas que no tengan que ver con la realidad a la que ellos tienen que enfrentarse a diario. Esto puede ser considerado como una auténtica y heroica lección moral, sin duda, sobre todo en estos tiempos en los que el que más y el que menos es capaz de vender un harapo de su alma por unos cuantos billetes. Pero a cambio de esa lección moral tendremos que seguir liderando la clasificación de fracaso escolar, con lo fácil que hubiera sido colaborar con el bienintencionado Gobierno poniendo en práctica su genial idea de acabar con el caos del tráfico en Nápoles prohibiendo el tráfico en Nápoles, o acabar con la presencia de los pobres y el hambre de los ricos permitiendo a los ricos que se coman a los pobres. Pero no, los profesores -llamémosle antipatriotas- han preferido negarse a ser comprados, actitud anacrónica en estos tiempos en los que se venden hasta quienes no tienen nada que vender. Su gesto de ir a la huelga, de decir no al cheque de 7.000 euros que pretendía animarles a que mejoraran la calidad de nuestra enseñanza mediante el sencillo método de hacer tongo con las notas de los alumnos, es tan heroico que parece inverosímil.







