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Lecciones con receta médica
No pueden ir a clase...pero la clase va a ellos. Un grupo de cinco docentes se desplazan a casas y hospitales para enseñar a alumnos enfermos. Esta es su historia
25.05.08 -

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Lecciones con receta médica
AULA HOSPITALARIA. Carmen Hernández y Antonio Urquiza le dan clases a los niños ingresados en el Materno en planta o en la ludoteca situada en la 7ª planta.
SIGUEN las lecciones de los libros de texto, hacen los deberes y hasta se examinan... aunque no van al colegio. O al menos, a su centro educativo habitual. Por unos meses, cambian sus pupitres, su patio de recreo y su forma de trabajo por la que les marca su escayola, su infección o su tratamiento. Cada año, más de medio millar de escolares malagueños continúan con su formación desde la ludoteca del hospital Materno, desde la cama de su habitación o desde su propia casa.

Dice el refrán que si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. A fin de garantizar el derecho a la enseñanza, en 1988 las consejerías de Educación y de Salud firmaron un convenio de cooperación para crear aulas hospitalarias en los centros sanitarios de Andalucía. Un programa de atención docente que se desarrolla actualmente en el Hospital Materno Infantil y en el Comarcal de Ronda.

Esta iniciativa se completa desde 1992 con el proyecto de aula domiciliaria. Dichas clases son impartidas por profesores de la delegación de Educación en colaboración con la ONG 'Save the Children' con el propósito de que los niños que tengan que estar más de un mes convalecientes en sus domicilios no se desvinculen del ritmo de aprendizaje del resto de sus compañeros.

Atención individualizada

Un grupo de cinco docentes -más un sexto que cubre exclusivamente la zona de Ronda- se encargan de llevar las riendas de ambas aulas, en las que realizan una atención individualizada de cada paciente. Para ello, hablan con los médicos a fin de adaptar la materia al tiempo de ingreso, con los padres y con el centro educativo en el que estudia el niño. Con todos estos datos se desarrolla el programa curricular.

Concha Niño, coordinadora provincial del equipo técnico de orientación educativa, explica que este equipo de profesores hace de puente entre los alumnos en situación especial y sus tutores. «El objetivo primordial de su labor es asegurar el cumplimiento del derecho a la educación», recalca.

Sobre sus destinatarios, Manolo Romero -coordinador de los planes de Educación Compensatoria-, detalla que el programa está dirigido prioritariamente a alumnos de Educación Obligatoria, «aunque si el volumen de trabajo lo permite puede extenderse a Infantil y a Bachillerato», precisa. Los menores hospitalizados en Oncología, Traumatología, Infecciosos, en la Unidad de Cuidados Intensivos o en el Servicio General de Pediatría son los más habituales en este tipo de aulas, en las que se atiende preferentemente a los niños de larga estancia.

Así se activa el programa

En el caso de las aulas hospitalarias, el programa se activa en cuanto el paciente ingresa en el centro. Los docentes, en continuo contacto con el personal sanitario, se encargan de recorrer las plantas para informar a los padres sobre el funcionamiento de las clases y reclutar a aquellos niños que tengan previsión de quedarse un mínimo de una semana hospitalizados.

Tal y como está estructurado este proyecto educativo, cada niño recibe una hora de clase al día, bien en su propia habitación, bien en la ludoteca del hospital. Todo depende de su tratamiento. La enseñanza, que sigue el calendario escolar, se centra en las denominadas materias instrumentales, como son Lengua, Matemáticas, Conocimientos del Medio y, si el horario lo permite, Inglés. Los materiales corren a cargo de las familias.

Cuando se trata de alumnos de estancias largas, antes de empezar a trabajar con ellos, los docentes del aula hospitalaria se coordinan con los tutores del colegio. El objetivo es detectar las deficiencias del niño y fijarle una programación docente acorde con el ritmo al que esté trabajando el resto de su clase.

Eso sí, con menos exigencias. «Está claro que por su situación no podemos pedirles el 100%. Con estos alumnos hay que cambiar el chip y comprender que hay días en los que la medicación no les va a dejar rendir igual. Por ello, tenemos que ser flexibles y pasarles más la mano», asevera Antonio Urquiza, un docente que acumula seis años de experiencia en el Materno.

Carmen Hernández -su compañera de fatigas- se está estrenando este año como maestra hospitalaria. Explica que aunque la forma de trabajar con estos alumnos es completamente distinta, se sigue el mismo esquema que en el colegio. «Les ponemos deberes a diario y le hacemos los mismos exámenes que los que realizan sus compañeros. Nuestra única meta es que no se queden descolgados de su grupo», agrega.

Sobre la actitud de estos alumnos, Antonio asegura que su primera reacción al conocer que van a seguir las clases en el hospital es de rechazo. «Al principio se creen que esto es igual de intenso que el colegio, pero cuando ven que tenemos otro ritmo de trabajo acaba guastándoles. Al final, los ratos de lecciones acaban convirtiéndose en la válvula de escape que les permite desconectar del hospital y de su tratamiento», dice Urquiza.

Un reto emocional

Pero los escolares no son los únicos que tienen que adaptarse a la mecánica de estas lecciones atípicas. Los profesores que se embarcan en esta aventura también deben superar un complejo reto emocional, como relata Carmen. «Al principio te llevas el trabajo a casa. Éste es un oficio duro, sobre todo, cuando se trata con niños de oncología. Sin embargo con el tiempo aprendes a hacerte un caparazón; hay que hacer de tripas corazón para que el niño se lo pase bien con nosotros».

Raúl, un paciente oncológico de 10 años, es uno de los estudiantes que estos días da clases con Carmen y Antonio. Su madre, María del Mar Retamero, elogia el gran valor de esta alternativa de enseñanza ya que, según subraya, está permitiendo que el niño no pierda el curso. «Gracias a estas lecciones, está siguiendo el temario de sus compañeros y no ha perdido el concepto de responsabilidad. Si no fuera por los docentes del hospital no hubiera continuado con la formación, ya que a nosotros no nos hace caso», señala.

Maribel Martín subraya sus palabras. Su hija Rocío, de 9 años lleva cinco meses dando clases a través del aula hospitalaria e insiste en que esta iniciativa además de distraer a su hija, le permite aprovechar el tiempo de rehabilitación. «Para ella, que venga el profesor es una alegría, y un gran estímulo, ya que le permite romper con la monotonía del tratamiento», sostiene.

Una vez que estos pequeños pacientes reciben el alta médica se activa el programa de aula domiciliaria, dirigido a aquellos que requieran un largo periodo de recuperación en sus viviendas. En estos momentos, una veintena de niños de la provincia reciben atención educativa sin moverse de su casa.

En este caso, es el propio colegio o instituto el que suele iniciar los trámites para solicitar este apoyo, mientras que los profesores elaboran un programa adaptado para que el niño pueda seguirlo desde su hogar.

Carmen García forma parte de esta plantilla de maestros a domicilios. No tiene pizarra y desde hace 17 años anda de un lado a otro de la provincia de Málaga con su coche para dar clase a los escolares enfermos. Actualmente enseña a tres. Entre ellos está Francisco José, el mayor de ellos.

En lo que va de curso, este menor sólo ha podido ir un día a su instituto, el IES Rafael Pérez Estrada. Fue el día de presentación de la nueva clase de segundo de ESO, en septiembre, pero la fibrosis quística que padece desde que nació empeoró y desde entonces ha estado entre el hospital y su casa. Pese a la enfermedad, este chico de 13 años no ha perdido un ápice de su vitalidad.

Ni tampoco las ganas de aprender. Claro que sus clases son algo diferentes. Después de pasar por la escuela del Materno Infantil durante su hospitalización, Francisco José continúa estudiando en casa. Su cuarto se ha convertido en un aula improvisada donde intenta no perder el ritmo de sus compañeros.

Ventajas e inconvenientes

Carmen admite que dar clase en casa tiene sus ventajas. «Yo no tengo que resolver problemas de disciplina y los niños se concentran más porque la atención es personalizada», explica. Claro, que también tiene sus inconvenientes. «Es mejor ir a clase porque estás con tus compañeros, bromeas y te lo pasas mejor», enumera Francisco José, que ya echa de menos los recreos.

Sobre la mecánica de estas lecciones, García cuenta que los niños de Primaria reciben un mínimo de tres horas semanales de clase, mientras que los de Secundaria tienen cuatro. Insuficientes, dice esta profesora, para estudiar todas las asignaturas de secundaria. Por eso, Francisco José repasa con ella las más difíciles y prepara el resto por su cuenta. Toda su familia le ayuda como puede. Aunque reconoce que se distrae con una mosca, tener a Carmen pendiente le obliga a concentrarse y a no perder el tiempo. «Es una sargento», bromea.

Beatriz Cortés es una recién llegada a este programa. La semana pasada comenzó a dar clases a un niño en su casa. Esta voluntaria forma parte del programa de apoyo de 'Save the Children'. «Al principio te da un poco de miedo porque es mucha responsabilidad, pero es una forma de sentirte útil», afirma. La Junta y esta ONG, atienden cada año a 160 niños andaluces que no pueden ir a clase. Una ayuda para no dejar de aprender que según los profesores, funciona. Estos escolares siempre sacan buenas notas.
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