
Manolo iba, como siempre, con el tiempo justo. «Apuraba mucho los permisos para pasar más tiempo con su mujer y su hijo», cuentan sus suegros, Juan y Victoria, que lo acogían en su vivienda siempre que venía a Málaga a ver a su familia.
El agente acababa de pasar una semana, precisamente, en casa de sus suegros, en El Palo. Era su primer permiso largo desde que se trasladó a Álava, y lo aprovechó para ver a su familia, que vive en Málaga. Pero la mayor parte del tiempo la pasó con su mujer y, sobre todo, con su hijo.
Los vecinos de la calle Rodrigo Saavedra, en la barriada malagueña de El Palo, recuerdan que hace apenas unas horas lo habían visto jugando con su hijo pequeño, que sólo tiene seis años, en el parque. «Era un padrazo, joder», cuenta un compañero del guardia civil asesinado. «Creo que su hijo era aficionado a la música, incluso estudiaba en el conservatorio, le compraron un violín», recuerda. De hecho, dedicaban sus vacaciones a cultivar la afición del pequeño. Algunos veranos viajaban con él a Montserrat para disfrutar del certamen de música de cámara.








