Por aquel entonces corría 1975 y el actual director provincial de la ONCE, que apenas tenía 7 años, rezaba con todas sus fuerzas para que cayera una nevada y así librarse de ir al colegio. Su problema de visión le obligaba a sentarse en primera fila y, ni aun así, conseguía ver con nitidez la pizarra. Todo un mal trago para un tímido confeso que recuerda con picaresca las mentiras que echaba para hacerse piardas. «Llegué a decir que me mudaba hasta en seis ocasiones distintas porque me daba pánico ir a la escuela», reconoce.
Un buen día, esas visiones borrosas acabaron por teñirse de negro. Explica que se levantó y que al principio creyó que había mucha niebla. Pero abrió la ventana y le extrañó que no le diera ningún golpe de luz. Ningún rayo de sol. A los dos días, con 17 años, cumplidos, perdió definitivamente la visión. A fin de evitarle sufrimiento a sus padres, durante un tiempo trató de disimularlo. Se compró un bastón para orientarse por la calle, pero al llegar a casa lo escondía y simulaba que no pasaba nada. Hasta que le llevaron al médico y lo descubrieron. «Mi madre se lo tomó muy mal, pero yo sin embargo lo acepté con mucha naturalidad. Nunca lo vi como un problema», destaca.
Años más tarde acabó COU y tras debatirse entre Empresariales y Psicología se decantó por la segunda opción e ingresó en la Universidad de Granada, donde admite haberse pegado sus juergas de rigor. Primero optó por una residencia de estudiantes, luego compartió piso y, finalmente, se animó a dar el salto y marcharse a vivir solo. Todo un reto para un novato en eso de las tareas del hogar. Su madre, defensora a ultranza del rol de mujer ama de casa, nunca le dejó fregar ni un plato. El instinto de supervivencia, sin embargo, le obligó a espabilarse a marchas forzadas.
Encargado de la plancha
Pronto aprendió a hacer guisos -su perdición gastronómica-, y a sacarle la raya a los pantalones, tarea en la que no tardó en hacerse un experto. Tanto, que a día de hoy Cristóbal disfruta poniendo a punto la colada de su familia, «ya que lo hago rápido y bien».
Entre fogones, su plato estrella -ese con el que siempre intenta sorprender a sus invitados- son los caracoles, receta que heredó de su padre. ¿Su truco? «Buena materia prima y que hiervan poco tiempo».
La confesión tiene lugar en su despacho, en la segunda planta de la sede de la ONCE, en la calle Cuarteles. Allí, con voz cálida y ritmo pausado, este directivo que pone la máxima pasión en lo que hace, reconoce con media sonrisa de resignación que la sombra de la crisis de los 40 le persigue desde hace meses. La vida pasa demasiado rápido y su máxima frustración es no poder frenarla.
Al otro lado del despacho, 'Congo' -su perro guía- no pierde detalle de la conversación. El can, que debe su nombre a su color negro azabache, es para Cristóbal el máximo exponente de la libertad. Desde que le acompaña, hace cinco años, este apasionado de la política -que el otro día siguió el debate electoral entre Zapatero y Rajoy con cierta decepción- puede permitirse el que es otro de sus placeres cotidianos: recorrer el paseo marítimo atento al sonido del mar o a su mp3 -en el que estos días suena el libro 'El último catón', de Matilde Asensi. De obstáculos ya se encarga el animal.
Lecciones de braille
La ONCE se cruzó en su camino cuando sumaba 15 primaveras y aún conservaba algo de visión. Durante aquella primera etapa dentro de la organización aprendió braille, «sin muchas dificultades». Ya en Granada, la administración le ofreció trabajar en venta. Fue allí donde conoció a su mujer, Elvira, quien acudió a la ONCE a buscar trabajo.
Dice que fue ella la que le conquistó, con su carácter jovial y sus ideas claras. En el 95 se dieron el 'sí quiero' y apenas un año después estaba asistiendo maravillado al parto de su primer hijo, Cristóbal (hoy, de 12 años). Al poco llegó Elvira (10), María (9) e Isabel (4), la «pepito grillo» del clan de locos bajitos que le absorben por completo en cuanto cambia el traje por el pijama y que, en sus propias palabras, se han convertido en el «reto más duro» que le ha puesto la vida. «Con ellos, siempre tienes la sensación de que no llegas, de que te va a faltar experiencia. Unas veces aciertas, otras te equivocas...Exigen mucha atención».
Una difícil prueba que también le reporta recompensas. Y más de una sonrisa. Como la que hace poco le arrancó una de sus hijas cuando se resistió a jugar con él a la gallinita ciega, «porque dice que siempre le gano», bromea. Obsesionado por darles la mejor educación y transmitirle sus valores, este hombre de altura «sólo un poco presumido», pelea a diario contra natura para que sus críos cambien el reggaeton por una pieza de Mozart. «Uno de mis defectos es que soy demasiado exigente con mi familia. En ellos busco la perfección», admite.
Como buen integrante de la ONCE, Gonzalo cree en la suerte, «porque he visto la mala suerte en mucha gente», puntualiza este nómada laboral que aterrizó en Málaga en 2004, tras ejercer distintos cargos en el seno de la administración de ciegos en Granada y en Sevilla. Si un buen día esa suerte le premiara con unos segundos de visión, puestos a pedir, desearía por encima de todo el verle la cara a cada uno de sus hijos y a su esposa, Elvira. Mientras tanto, se conforma con salir al campo, hartarse de jugar con sus niños y, de regreso a casa, almorzar unos buenos 'andrajos' de Úbeda, su plato favorito.










