
LOS HIPNOSEDANTES
Diazepam (Valium), Trankimazín, Lexatín u Orfidal son hoy nombres que resultan demasiado familiares y su presencia en el botiquín de cualquier hogar no extraña. Lo malo es que tampoco les resultan desconocidos a un buen número de escolares de la provincia, muchos de los cuales aseguran haberlos tomado alguna vez, llegando incluso a reconocer en un número importante un consumo más o menos frecuente.
Así se desprende del estudio realizado por Proyecto Hombre en colaboración con la Universidad de Huelva, y que está basado en los resultados de la encuesta realizada a un total de 4.000 alumnos de primero a cuarto de ESO de las ocho provincias andaluzas.
Los adolescentes se acercan cada vez más a los tranquilizantes por el uso extendido en las familias, y en el caso de Málaga, un 2,7% asegura haberlos tomado alguna vez, lo que significa que cerca de 1.700 chicos menores de 16 años conocerían los efectos que produce un tranquilizante; mientras que algo más de medio millar los estaría consumiendo de forma más o menos frecuente.
Familiarizados
«Durante el trabajo hemos percibido que están familiarizados con los nombres. Creo que su consumo forma parte de esa cultura de la accesibilidad inmediata al bienestar, con un absoluta falta de tolerancia a la frustración. Deseo estar bien, y lo consigo de forma inmediata; sin esperar; sin oir a mi cuerpo; sin esfuerzo». La reflexión la hace Belén Pardo, una de las autoras del estudio, y la persona que ha trabajado sobre las encuestas realizadas en Málaga. Dice, que en muchos casos, al llegar a la cuestión de los tranquilizantes, los chicos le preguntaban si se incluía en ese apartado la valeriana: «Yo les contestaba que no, porque es natural, pero su pregunta pone de manifiesto que es relativamente normal que recurran a sustancias cuando se encuentran nervioso; sin esperar a que ese estado pase, y sin buscar otras fórmulas, como leer un libro o hacer deporte».
«Algunos hablan del Trankimazín o del diazepam como de una tabla de salvación». En este caso, la apreciación es de Amaia Escarza, responsable del Programa de Menores de Proyecto Hombre, en el que en estos momentos hay 134 jóvenes, de edades comprendidas entre los 14 y los 19 años, que presentan consumos problemáticos hachís, tranquilizantes y, en menor medida, cocaína. Es cierto que estos adolescentes responden a un perfil determinado, ya que la mayoría están allí para cumplir la medida judicial impuesta después de cometer alguna falta o delito, pero no por ello deja de sorprender que la mayoría asegure consumir algún tipo de hipnosedantes, y que aseguren ingerirlos por la misma razón por la que afirman consumir hachís: «Dicen que les es imposible dejar de consumir hachís. Afirman, que si no fuman, no duermen; y que, de la misma manera, toman diazepam para relajarse».
La mezcla de alcohol y tranquilizantes está presente en muchas de las personas que realizan tratamiento en los centros provinciales de drogodependencia, especialmente en aquellos casos en los que han existido problemas con la justicia. «Los hipnosedantes son depresores del sistema nervioso, y como tales potencian los efectos del alcohol. Se produce una importante pérdida del autocontrol y de la capacidad cognitiva. Esta combinación es muy peligrosa y está detrás de muchos de los problemas judiciales de las personas que llegan a los centros», asegura Francisco Luque, director del Centro Provincial de Drogodependencia (CPD)
Mezcla de sustancias
Aunque hay tan sólo 25 casos de tratamientos iniciados por consumos abusivos exclusivamente de tranquilizantes, el uso de estos fármacos sí es frecuente en el caso de los politoxicómanos (consumidores de varias drogas). No es la sustancia que les lleva a iniciar los tratamientos, pero sí la utilizan o bien para potenciar los efectos de la droga que consumen, como en el caso de la heroína, o bien para mitigar las consecuencias de un consumo abusivo, como en el caso de la cocaína: «Es frecuente que si una persona ha consumido mucha cocaína, se tome medio Trankimazín para bajar el subidón o las taquicardias; y también es frecuente que si la dosis de heroína no es suficiente, ingieran diazepam, para potenciar el efecto», explica Luque.
El director del CPD recuerda que los tranquilizantes y los ansiolíticos son peligrosos precisamente por su capacidad para generar dependencia. Pese a ello, su uso está muy generalizado: «Hoy en día se prescriben ansiolíticos ante cualquier síntoma de ansiedad, y un traumatólogo no duda en recetar diazepam para una contractura. Estos fármacos son eficaces, pero siempre deben ser tomados bajo prescripción y seguimiento médico».











