
Precisamente me hace recordarlos el dramaturgo Miguel Mihura, cuyo legado en cartas, unas sesenta, y un índice de su biblioteca personal, ha sido recogido en el volumen 'Epistolario selecto de Fuenterrabía', editado estos días por Espuela de Plata; y es que el matrimonio vasco Ruiz Villandiego, eran íntimos de los Mihura, amigos del conocido Miguel, y de su hermano Jerónimo, que pasaban largas temporadas en la localidad guipuzcoana, hoy Hondarribia, donde paseaban frente al Cantábrico, se daban unos atracones de cuidado en la Hermandad de Pescadores y, lo que son las cosas, leían novelas de Simenon.
El 'Epistolario' no tiene desperdicio. Fobias y filias sacuden las páginas de unas cartas de ida y vuelta en las que se desprenden las fobias entre Jardiel y Mihura, el primero lo envidiaba por sus éxitos «y porque los hijos deben estar influidos por sus padres, pero no los plagian», y filias, esta vez con el surrealista orondo y travieso cineasta Edgar Neville, que le explica: «Mira Miguel, voy a intentar aprender todo lo que pueda en Estados Unidos porque es un país encantador y el que acierta, se hincha».
Aparte de hincharse o no, que Edgar indudablemente se hinchó aunque no triunfara en Norteamérica, la llamada Otra Generación del 27 navegó contracorriente en una España en la que los intelectuales no estaban muy bien vistos. En realidad, los intelectuales que se quedaron resistieron la grisalla del Madrid pacato de aquella capital de «un millón de cadáveres»; los de la Otra Generación intentaron escaparse de un poder de facto que propiciaba la negación informativa y formativa para tener la sartén por el mango, como paradigma se entiende la indignidad censora.
'La Codorniz', el laboratorio de todo este grupete, jugó con la inteligencia de los censores y más de una vez la revista fue secuestrada, sobre todo al final del franquismo, a causa de aquellas portadas famosas: 'El cerdo de López rodó' (después de la caída del ministro tecnócrata); o 'Cucarachicida Raid, las mata bien muertas' (debajo de una foto de Carmen Polo y de su hija Carmencita llegando a Barcelona); y así sucesivamente, aunque también se ha alzado una leyenda sobre portadas que 'La Codorniz' nunca publicó y que ha puesto en pie un imaginario no menos real aún siendo falso.
Hago estas referencias porque 'La Codorniz' era el escaparate delirante del humor y, perdón, de la reconcentrada mala leche, de Tono, Mihura, Neville y Jardiel. Sarcásticos aristócratas de la palabra, liberales en un sentido más pragmático que ideológico, vanguardistas a su modo, estos locos escapistas, diletantes y maniáticos, poco tenían que ver con el compromiso dramático de la obra de Alberti, Cernuda o García Lorca; sin embargo, no les veo muy cercanos de autores como García Nieto, Sánchez Mazas, y algo más, pero no mucho más, con Agustín de Foxá: corazón palpitante del régimen.
Son 'los otros': Miguel Mihura, con Jardiel Poncela, por supuesto, figuran con mayúsculas en la dramaturgia española de mediados del siglo XX









