'VENGO de Lejos' es el nombre de una mendiga de Burundi repudiada por sus familiares porque se creía que había vuelto de la muerte. La lejanía de África es la protagonista de 'Pregúntale a la noche', la novela ganadora del III Premio Málaga de Novela convocado por el Instituto Municipal del Libro. Su autor es Eduardo Jordá, mallorquín afincado ahora en Sevilla; y su buena reputación como poeta, articulista y compañero de viaje, así como el tiempo hueco de la Navidad -propicio para buscar la compañía sosegada de los libros- han convertido la lectura de 'Pregúntale a la noche' en una experiencia honda y sacudidora. La actualidad trágica de África -secuestros de cooperantes, suspensión de eventos deportivos por la presión triunfante del terrorismo, matanzas sangrientísimas en Kenia- nos llena de estupor. Las páginas de Jordá nos acercan al corazón del estupor, al núcleo duro de las tinieblas. Tinieblas en África y niebla diaria en nuestros ojos al mirar al continente más pobre. La novela se abre con un proverbio de Burundi: «Si quieres saber lo que ocurre durante la noche, pregúntale a la noche». Y eso hace el narrador: indagar en lo más oscuro. En medio de otra oleada de matanzas, la de los tutsis contra los hutus y viceversa (violencia tribal se la llama en los telediarios), el novelista, con un estilo deliberadamente sobrio y despojado como el de un buen reportaje periodístico, nos hace viajar de la mano de un misionero belga llamado Gevaert. En él, en sus dudas, están en germen también las nuestras. Gevaert está a las puertas de la vejez; sabe que nunca tendrá un hogar; los prejuicios o su vocación le impidieron echarse a vivir el amor pleno con Gabrielle, una nativa inteligente e irónica educada por unos colonos belgas. El fracaso de ese amor es el fracaso de sus vidas: el hijo de Gabrielle, desubicado, se convertirá en un forajido, Perro Negro. El padre Gevaert expiará el torcimiento de su vida salvando a ese asesino por lealtad a la antigua amante. Un amor desolado en medio de la tiniebla: «Si la vejez era triste, el amor lo era mucho más».
A menudo, por suerte, el poeta que es Eduardo Jordá no sabe disimularse y la percepción poética congela con precisión una imagen, un cambio de luces, una sensación de asco, una mano cortada como trofeo, grillos asados que come el catequista nativo, ratas que come 'Vengo de Lejos', olor a perro mojado en las sábanas de la misión.
La novela se define en la contracubierta como un 'western africano'. Pero ningún camino nos lleva a un final justo. No hay sheriff posible. Lo terrible es descubrir que se puede matar por inercia: las matanzas no responden siempre a una causa, a una venganza, a una cicatriz anterior. Por eso las heridas son incurables. La alegalidad, la corrupción y el miedo están presentes en la vida diaria de los africanos de un modo incalculable para nosotros. Leer a Jordá es preguntarle a la noche. La noche que nos cubre a todos. El reverso de la noche de paz del villancico.