En el pueblo de Crandon (Wisconsin), donde ocurrió la última masacre americana, la mayor parte de sus escasos 2.000 habitantes se inclinaba por la teoría de un ataque de celos. Sólo algunos amigos de Tyler repudiaban esa versión. De lo que no había duda era de su autoría. La noche de la tragedia había comenzado como un sábado típico. A las 20.30 horas, en un aparcamiento del pueblo, junto al banco, Tyler comentaba con sus amigos los planes para el fin de semana. Ir a pegar tiros al monte o a pescar, «lo normal» en esa zona boscosa del norte de Wisconsin, contó a un periódico local uno de sus amigos. «Estaba tranquilo».
Al otro lado del pueblo, en la hamburguesería Eats and Treats donde trabajaba, su ex novia de toda la vida, Jordanne Murray, con la que según la Policía «iba a y volvía», convencía a su compañera de trabajo Lindsey Stahl, de sólo 14 años, para que pidiera permiso a su madre y se quedará en su casa esa noche. Llamarían a los amigos, alquilarían unas películas, pedirían unas pizzas...
Discusión
A la madre de Lindsey le pareció bien. Así no tendrían que conducir de vuelta a casa por la noche. Era más seguro, creyó. Pasaron por casa y cogieron una muda de ropa. No volvería a verla con vida. A las 2.47 horas, Tyler apareció en la casa donde siete adolescentes pasaban la noche del sábado. Discutieron, salió iracundo, cogió su rifle del coche y volvió a la casa. Tuvo que forzar la entrada y, una vez dentro disparó treinta cartuchos. Cuando la Policía llegó, a los pocos minutos, sólo quedaba un joven con vida, en estado crítico.
Los vecinos habían oído los disparos, seguidos del chirrido de las ruedas de un coche. Tyler todavía tuvo tiempo de enfrentarse al primer agente que llegó al lugar, antes de darse a la fuga.








