
Y es que en las cuevas que durante millones de años ha excavado en la roca caliza el río Arlanzón quedaron sepultados los restos humanos más antiguos y numerosos de Europa. El último hallazgo, datado a finales del mes de junio, ha sido un diente cuya antigüedad se ha estimado en un millón doscientos mil años. En aquella época y en el lugar que le correspondía, no tenía más trascendencia que el resto de las piezas dentales del homínido al que pertenecía para permitirle sobrevivir. Ahora ha marcado un nuevo hito, superando en 400.000 años a los huesos de Antecesor, que tienen la venerable «edad» de 800.000 años.
Con todo, este hallazgo no es más que otra pieza del enorme puzzle que responderá a una de las preguntas fundamentales del ser humano: ¿Dé donde venimos? «No podemos evitar hacernos esta pregunta. No tenemos escapatoria. Podemos contestarla con el creacionismo o con la Ciencia, pero nadie puede escapar a ella. No puedes elegir busco o no busco respuesta. Estás obligado a buscarla. Todo ser humano ahora y siempre tendrá que hacérsela y contestársela». Así de tajante se muestra Juan Luis Arsuaga, uno de los codirectores de Atapuerca.
Arsuaga explica orgulloso que este yacimiento es «el proyecto de la prehistoria mundial». El más importante en todos los sentidos, en número de especialistas, de publicaciones, de fósiles, por su actividad... Se mida como se mida, Atapuerca es el más importante. Incluso en presupuesto y equipos de laboratorio... Y en fósiles humanos, que no son fáciles de hallar. No hay otro con restos de esa época, aparte de Ceprano en Italia, donde se halló un cráneo que seguramente es de la misma edad. Los yacimientos de esos años no han dado fósiles humanos. «Hay que excavar mucho y cuanto más nos remontamos en el tiempo hay menos yacimientos. Por eso no se han encontrado fósiles comparables fuera de aquí», revela el codirector del Atapuerca.
Para todo el «curso»
Sin embargo, en esta sierra burgalesa, sólo en el mes de julio se obtiene, al menos en la Sima de los Huesos, material suficiente para estudiar durante el resto del año. En total 150 personas, entre profesores, alumnos y becarios, trabajan para recuperar fragmentos del pasado.
El programa es de lo más apretado. Las excavaciones se prolongan hasta las cuatro de la tarde, momento en que se descansa para comer. A eso de las seis, los hallazgos pasan al laboratorio. Allí se preparan los fósiles hasta el filo de la medianoche. «En Burgos nos han habilitado un laboratorio en la misma residencia donde dormimos. En él registramos los datos que hemos tomado en el campo, extendemos los fósiles para que se sequen, se consolidan y se preparan para viajar a Madrid, donde tenemos el centro de estudio», explica Ana Gracia, conservadora de fósiles humanos de la Sima de los Huesos del Centro Mixto de la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto de Salud Carlos III para el Estudio de la Evolución y el Comportamiento Humanos.
«En Madrid lo que hacemos es sacar toda la colección de fósiles de la Sima de los Huesos, que son ya más de 5.500 sin contar los de esta campaña, y 'jugar' a hacer rompecabezas», detalla Gracia. Es la fase de reconstrucción, previa a la de estudio: «Hay acomodados ya más de 28 esqueletos hechos pedacitos. Son puzles incompletos de 28 personas. Teniendo en cuenta que cada una tiene unos 200 huesos en fragmentos, es un puzzle de los buenos», continúa la especialista.
Un largo proceso
En el laboratorio empieza el trabajo de descifrar los secretos. Porque a diferencia de lo que la gente cree, los huesos no hablan. «No te dicen ni 'mu' si no tienes las preguntas adecuadas o los conocimientos precisos. Primero hay que determinar el tipo de investigaciones que se quieren llevar a cabo. Este razonamiento tan elemental muchas veces no se ha tenido en cuenta en la historia de la Paleontología o de la Arqueología. A veces se ha excavado a ver qué sale, pero con eso no se hace avanzar el conocimiento», detalla Arsuaga.
Ana Gracia revela las distintas líneas de investigación, donde es imprescindible la paleoantropológica. «Al ser la colección más grande del mundo, nos toca decir cómo eran físicamente. Esto conlleva el trabajo de antropólogos y paleontólogos, porque estos fósiles tienen una morfología distinta de Homo sapiens. Así se establece la filogenia y parecidos y diferencias con neandertales y sapiens», enfatiza la especialista.
Otra línea de estudio permite conocer las patologías que sufrían nuestros antepasados. «Hemos encontrado muchos golpes en el cráneo, mucha artropatía mandibular. Y una especie de artritis que tienen incluso los jóvenes, y nos hace pensar en un componente genético. O que, como los esquimales, utilizaban la boca como una tercera mano. También pequeños tumores benignos en el hueso y una lesión en el techo de las órbitas de los ojos relacionada con deficiencia de vitaminas A y D y anemia. Lo que no hemos encontrado son fracturas consolidadas en los huesos largos», matiza Gracia. Y es que no sobrevivían a ellas. «Lo sorprendente sería encontrar un fémur fracturado y soldado. Indicaría que durante dos meses no se desplazó y fue alimentado por el grupo», adelanta Arsuaga.
La inspección visual se completa con las más modernas técnicas de diagnóstico. «Hacemos unos TAC como no se hacen en el mejor hospital de España», señala Arsuaga. Técnicas de vanguardia que permiten a Ignacio Martínez Mendizábal, profesor de la Universidad de Alcalá y miembro del equipo de Atapuerca, estudiar la audición de los primitivos moradores de la productiva sierra burgalesa. «Para ello necesitamos saber cómo eran las cavidades del oído», revela el experto.
Cierta reconstrucción
A partir de 100 tomografías reconstruyen los huesos por ordenador y después, rellenando los huecos que quedan, obtienen las dimensiones de las cavidades del oído interno. «Es algo así como si cogiéramos un queso gruyer y estudiáramos sus agujeros. Estudiar los huecos nos permite reconstruir las partes que no fosilizan. Es una línea muy novedosa. Aunque del cerebro ya se hacían moldes de escayola, los canales del oído, por ejemplo, hasta ahora no se podían estudiar. Con esta técnica es como si obtuviéramos un fósil nuevo», argumenta Martínez Mendizábal. Así han logrado saber que estos antepasados nuestros oían igual que nosotros.
Con esta técnica, Carlos Lorenzo ha reconstruido los canales semicirculares del oído para estudiar el equilibrio y obtener información sobre el tipo de locomoción. En definitiva, lo que van haciendo es «caracterizar a las diferentes especies hasta su anatomía más íntima. Los podemos distinguir hasta por las cavidades del laberinto del oído».
El diente hallado en la Sima del Elefante también será escrutado por ojos electrónicos. El microscopio electrónico le arrancará valiosas informaciones: las marcas de su superficie darán idea del tipo de alimento, su estructura dirá si el desarrollo de la especie a que pertenece era más rápido o más lento que el nuestro, a qué edad se producía el destete,... Incluso los distintos lugares donde vivió el homínido al que pertenecía.







