«Este será de unos 5 grados». Antonio Calderón, como buena parte de los pisqueños, tiene buen ojo para calcular la intensidad de los terremotos. Comparte con el presidente Alan García la convicción de que todavía habrá réplicas, pero dice estar seguro de que no provocarán nuevas tragedias. Su mujer, como él, nació en Pisco y está acostumbrada a que la tierra se mueva bajo sus pies. Él, no se fía. Por si acaso, es ella la que acierta con sus temores: ha tirado un colchón a la entrada de su casa. Lo ha colocado pegado al umbral de la puerta y debajo de una enorme viga transversal, los sitios más seguros. Allí descansará, viva, el resto de la noche y la mayor parte del día.
Sudarios de polvo
Son las seis de la mañana y de entre los escombros del templo dos bomberos salen vociferando la descripción de otro cuerpo hallado: «¿Mujer, morena, chompa (jersey) blanca...!». El hombre vuelve a mirar el cuerpo y..., guarda silencio. Está, como los anteriores, cubierta de un polvo arcilloso seco. Es imposible ver los colores de la ropa que llevaba cuando se la tragó la tierra.
Entre la gente que hace vigilia desde el miércoles, una muchacha la reconoce: «¿Mamá, es mi mamá. No diosito, no!». Antes, como otros muchos, a su madre le ha limpiado las manos y el rostro. Es lo primero que hacen cuando dejan los cadáveres sobre el terreno firme de la plaza.
«El hedor es eso», advierte un agente que señala el camión con los muertos y la iglesia de San Clemente, pero también hay colegios, el hotel Savoy y casas que mantienen sepultados a sus antiguos moradores. Se estima que la cifra final de desaparecidos podría superar los quinientos.
En las últimas horas se han agilizado las tareas de rescate con la llegada de dos contingentes de bomberos españoles, Bomberos Unidos Sin Fronteras y ONG K-G De Creixell. Los últimos son los únicos que tienen «dos perros entrenados para olfatear restos cadavéricos». La explicación de uno de ellos, Pedro Frutos, es más amplia: «Los otros rastrean sólo seres vivos». El problema para entrenar a los canes especializados en cuerpos inertes es -explica- «que está prohibido adiestrarlos con restos humanos». Para resolverlo «trabajamos con esencia de olor a cadáver. Las hay en primer grado de descomposición. en segundo, etc. Cada ampolla es de un milímetro».
Tres días sin comer
«Llevamos desde el miércoles sin probar bocado. Nos han dicho que nos empadronemos para recibir alimentos cuando llegue el camión». Walter Pérez, estudiante de secundaria, se ocupa con dos muchachas de poner en limpio la lista de los hambrientos. A media docena de manzanas, en un improvisado centro de refugiados, las familias se quejan: «A nosotros nos dieron un saco de habas. No nos sirve para nada porque hay que ponerlas a remojo 12 horas y después ¿con qué las comemos?». Marisol Correa se desespera porque está sola con sus cuatro hijos y aún no ha conseguido una tienda de campaña: «Agüita tuvimos pero necesitamos más».
El hedor comienza a ser insoportable. Los que remueven la tierra ahora son los bomberos y, al hacerlo, salen a la superficie los muertos y sus 'esencias'.








