
TRAYECTORIA
Si Fellini fue el cineasta del bullicio, de la Italia popular y extrovertida, Antonioni optó por retratar la introversión y la angustia de la burguesía. Su hora favorita del día era el crepúsculo, y quizá la culpa de tanta melancolía la tenía la niebla de Ferrara, en las llanuras del Po, donde nació en 1912.
Su padre, un rico terrateniente, le proporcionó una educación exquisita. Estudia Económicas y se ilustra en literatura, teatro, música y arte antes de ingresar en el Centro Experimental de Cinematografía, semillero de resistencia contra el fascismo.
Parálisis cerebral
Ayudante de Marcel Carné y colaborador de Roberto Rossellini, Antonioni rueda sus primeros largometrajes en los años 50. 'Diario de un amor robado' (1950), 'El viento' (1952), 'La dama sin camelias' (1953) y 'El grito' (1957) van alejándose progresivamente de los cánones del neorrealismo. La trilogía compuesta por 'La aventura' (1960), 'La noche' (1961) y 'El eclipse' (1962) avanzan por los cauces del hermetismo y la introspección. Ponen a prueba la paciencia del espectador porque -en apariencia- no sucede nada. Los tres largometrajes están protagonizados por la actriz Monica Vitti, musa y amante durante una década.
'Blow-up. Deseo de una mañana de verano' (1966) entroniza a Antonioni en la cultura pop. Basada en un relato de Julio Cortázar, captura el 'swinging London' de la época y anticipa las arriesgadas soluciones formales de títulos venideros. El público encontrará irremisiblemente lentas y tediosas sus aventuras en inglés -'Zabriskie Point' (1970), 'El reportero' (1974)- y los largometrajes que rueda en Italia en los 80: 'El misterio de Oberwald' (1980) e 'Identificación de una mujer' (1982).
La parálisis cerebral que sufre en 1985 le confina a una silla de ruedas. Sin hablar ni apenas moverse rueda dos largometrajes colectivos, 'Más allá de las nubes' (1995) -donde le asistió Wim Wenders- y 'Eros' (2002), junto a Wong Kar-wai y Steven Soderbergh. Los dos salvavidas en su agonía creativa durante estos años han sido la pintura y su segunda mujer, Enrica Fico, que leía al mundo las notas que el director garabateaba.









