La depresión infantil ha sido uno de los trastornos en que las diferentes posturas de los especialistas se han enfrentado y cuestionado con disparidad de opiniones. Me refiero, por ejemplo, a los psicoanalistas, que con el mito del niño feliz negaban, en realidad, la existencia del trastorno; para otros se trataba de un problema no específico y enmascarado con otras patologías, como las fobias infantiles, la ansiedad generalizada o la hiperactividad, con o sin déficit de atención. Pero dejando a un lado los enfrentamientos, los últimos datos sobre depresión infantil hablan de un 0,5% de casos en edad preescolar, un 2% en edad escolar y un 5% de jóvenes. Las cifras ascienden paulatinamente con la edad, y en adolescentes entre 15 y 18 años, un 14% ha sufrido un trastorno depresivo mayor en algún momento de su vida.
Estos datos nos hacen reflexionar sobre el hecho que son trastornos comunes y frecuentes y, además, hay que considerar que tienden a repetirse a lo largo de la vida. Los episodios graves no son difíciles de diagnosticar para los médicos o psicólogos, pero muchas veces la patología es leve o se instaura lentamente o está asociada a otros trastornos, por lo que casi una mayoría de los niños con el problema no están diagnosticados y no reciben tratamiento.











