
No atender en clase, leer demasiado despacio, omitir palabras o confundir saltos de líneas no tiene por qué significar una falta de atención o interés por parte del niño. Un trastorno en la visión puede provocar que no atienda a las explicaciones en clase porque no ve lo que pone en la pizarra o que no realice correctamente los deberes porque le 'bailen' las letras. A la misma conclusión podría llegarse en el caso de un trastorno auditivo si el niño dice estar mareado, se queda en blanco cuando le hablan o pone la televisión demasiado alta.
Ante estos problemas leves, lo normal sería acudir a un especialista que evaluase al niño y propusiese las soluciones pertinentes, que seguramente acabarán con el fracaso escolar.
Pero, existen trastornos mucho más graves que los padres y profesores suelen confundir con una mala actitud por parte del niño. 'No presta atención en clase, molesta a sus compañeros, no obedece a su maestro, en casa no para quieto, no sabe esperar '. Estos 'síntomas' que a simple vista podrían coincidir con un niño rebelde se ajustan también a los patrones del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, un mal que afecta a entre el 3 y el 6% de la población escolar.
Las causas que lo originan no están aún muy claras, aunque en el 80% de los casos suele ser hereditario, frecuentemente por parte de padre. Por el momento, los científicos han descubierto anomalías en el lóbulo frontal de su cerebro, que es la región desde donde se regulan comportamientos como la conducta y la atención, y han comprobado que las conexiones entre las neuronas que operan en esta zona (ganglios basales) presentan serias alteraciones.
Esto es debido a que dos sustancias químicas que utilizan las neuronas para comunicarse entre sí, la dopamina y la noradrenalina, no abundan tanto en los ganglios basales de los hiperactivos como deberían. De ahí que el funcionamiento de su cerebro sea algo defectuoso.
Para entender mejor las consecuencias de estas alteraciones neurológicas habría que ponerse en lugar de los afectados. Para ellos, el mundo supone un bombardeo constante de estímulos que son incapaces de ordenar, no pudiendo fijar la atención en uno solo de ellos. El cuerpo les pide pasar continuamente de una actividad a otra, dejándolas todas inconclusas, y sienten la necesidad imperiosa de moverse sin parar.
Para combatir esta patología, que es de por vida, lo principal es acudir a un especialista que pueda recomendarle los tratamientos más eficaces según el caso. Actualmente, los mejores resultados se están logrando a base de psicoestimulantes y antidepresivos, que aumentan la disponibilidad de dopamina y noradrenalina en el sistema nervioso, acompañandolos de psicoterapias o terapias conductuales.









